Dejó de llorar. Alguien le había tocado en el hombro. Se giró lentamente y vio un agradable y bello rostro.
—Hola —le dijo ella, pues de una chica se trataba.
Él no pronunció palabra. Se sentía extraño y avergonzado. De alguna manera aquel rostro le producía consternación. El hecho de que fuera una chica y que le hubiera visto llorar le daba corte y le molestaba. Estaba a punto de contestarle de malas maneras, pero aquellos ojos y la manera de sonreírle le hizo controlarse y de la mejor manera que pudo le preguntó:
—¿Qué quieres? ¿Quién eres?
—Soy… —quedó callada unos instantes—. Estoy aquí por…, me han dicho que viniera y que te hiciera compañía, que la necesitabas.
Él se levantó del banco donde estaba sentado, como si hubieran pulsado un resorte.
—Déjame —le dijo—. No estoy de humor. Además, ¿por que una chica como tú se preocupa por mí? Ah! claro, estamos en las Navidades y tienes que cumplir con las ordenanzas de ser amable y feliz con todo el mundo. Pues te equivocas. No me hace falta que nadie se preocupe por mi. Por lo tanto, pierdes el tiempo. Yo no necesito que nadie me compadezca. Soy feliz y tengo muchos amigos, muchos más de los que tú puedas tener. Adiós. —Empezó a caminar. Se detuvo—. ¿Quién te ha dicho que vinieras?, —le preguntó a ella.
—Mi Señor —dijo la chica muy quedamente.
—¿Tu señor? Así que eres una criada. Tiene gracia. Pues mira, yo…
—No soy una criada —contestó la muchacha—. Mi Señor no tiene criados. Todos somos hijos suyos. Tú también.
Él se quedó en silencio. Aquella muchacha le desconcertaba. Tenía un mirar diferente del resto de las personas que conocía. Tenía un bello rostro, pero se la veía muy pálida, las mejillas parecían de porcelana, como ausente. Decía unas cosas que no llegaba a comprender, pero era tan hermosa, parecía un ángel. De repente notó un frío intenso en la espina dorsal. Reaccionó rápidamente. Se pasó la mano por la frente. Ella seguía mirándole. Y como si le hubiesen leído el pensamiento, le dijo que si, que era un ángel y que la habían mandado a la tierra para dar amor a quién lo necesitara. Él se sentó de nuevo y se tapó la cara con las manos. No quería reconocerlo, pero hacía tiempo que deseaba algo parecido. No podía creerlo. Ella se sentó a su lado y cogiéndole las manos le susurro con voz muy dulce que estaba aquí para concederle aquello que más feliz le hiciera.
—Tengo algún poder y puedo conseguir aquello que más desees —le dijo ella con una dulce sonrisa—. Solo tienes que pedírmelo.
Él se levantó y hundiendo las manos en los bolsillos dijo alzando la voz:
—¿Cómo un ángel puede amar a una persona como yo? Es imposible, ¿lo entiendes?
Notó un aliento cálido en el oído, un aliento que le hizo sentir muy dichoso, y unas palabras envolventes penetraron hasta muy dentro de él.
—Yo también fui una chica hace muchos, muchos años. Y conocí a un chico. Era pintor, ¿sabes? Era un soñador y me daba todo su ser para que yo fuera feliz. ¿Sabes? Una vez volamos juntos hacía aquella nube. Increíble ¿verdad? Pues es tan cierto como que ahora estamos hablando tú y yo. Y es más, hicimos el amor encima de aquella nube, nos amamos como no te puedes imaginar, intensamente. Este recuerdo lo llevo en mi alma a pesar de los muchos años transcurridos. La verdad es que le encuentro a faltar. Por eso, cuando te he visto, me has recordado aquel muchacho y he sentido la necesidad de darte todo el amor que él me dio.
De repente el bello rostro de ella se le nubló. No podía distinguirlo con claridad. Las lágrimas se lo impedían.